habÃa hecho tantas guerras por idealismo, como todo el mundo creÃa, ni habÃa renunciado por cansancio a la victoria inminente, como todo el mundo creta, sino que...
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- Smutek to uczucie, jak gdyby się tonęło, jak gdyby grzebano cię w ziemi.
- (5) Il suit de là que même telle ou telle volition de l'homme (car l'existence de la volonté n'appartient pas à son essence) veut une cause externe, par...
- więcej niż 50 g dziennie) oraz zsiadłe mleko (ni e więcej niż l szklankę dziennie)...
- opcja po zwa la ci ogra ni czyæ mak sy maln¹ licz bê demo nów po tom nych, kt óre mog¹ zo staæ utwo rzo ne...
- Essa afirmação é muito radical e reconheço que parece falsa...
- 1) A tendência evolutiva predominante segue no sentido da diferenciação mais que no da sÃntese...
- Sabe que o poder da gazela é a habilidade de suas pernas...
- Que podia estar armado com uma faca...
- Zjadł dwie parówki i wypił karafkę wina w kawiarni na rynku...
- i Hegel, stanęli zdecydowanie na stanowisku obiektywnego idealizmu, które przedstawia ją w formie niesłychanie mętnej i pełnej hipostaz...
- Todas as unidades lexicais neológicas analisadas possuem seus respectivos contextos, que foram retirados da Base de Neologismos, que, no corpo do trabalho, será...
Smutek to uczucie, jak gdyby się tonęło, jak gdyby grzebano cię w ziemi.
Llegó a la conclusión de que aquel hijo por
quien ella habrÃa dado la vida, era simplemente un hombre incapacitado para el amor. Una noche,
cuando lo tenÃa en el vientre, lo oyó llorar. Fue un lamento tan definido, que José Arcadio BuendÃa despertó a su lado y se alegró con la idea de que el niño iba a ser ventrÃlocuo. Otras personas
pronosticaron que serÃa adivino. Ella, en cambio, se estremeció con la certidumbre de que aquel
bramido profundo era un primer indicio de la temible cola de cerdo, y rogó a Dios que le dejara
morir la criatura en el vientre. Pero la lucidez de la decrepitud le permitió ver, y asà lo repitió muchas veces, que el llanto de los niños en el vientre de la madre no es un anuncio de
ventriloquia ni de facultad adivinatoria, sino una señal inequÃvoca de incapacidad para el amor.
Aquella desvalorización de la imagen del hijo le suscitó de un golpe toda la compasión que le
estaba debiendo. Amaranta, en cambio, cuya dureza de corazón la espantaba, cuya concentrada
amargura la amargaba, se le esclareció en el último examen como la mujer más tierna que habÃa
existido jamás, y comprendió con una lastimosa clarividencia que las injustas torturas a que
habÃa sometido a Pietro Crespi no eran dictadas por una voluntad de venganza, como todo el
mundo creÃa, ni el lento martirio con que frustró la vida del coronel Gerineldo Márquez habÃa sido determinado por la mala hiel de su amargura, como todo el mundo creÃa, sino que ambas
acciones habÃan sido una lucha a muerte entre un amor sin medidas y una cobardÃa invencible, y
habÃa triunfado finalmente el miedo irracional que Amaranta le tuvo siempre a su propio y
atormentado corazón. Fue por esa época que Úrsula empezó a nombrar a Rebeca, a evocarÃa con
un viejo cariño exaltado por el arrepentimiento tardÃo y la admiración repentina, habiendo
comprendido que solamente ella, Rebeca, la que nunca se aumentó de su leche sino de la tierra
de la tierra y la cal de las paredes, la que no llevó en las venas sangre de sus venas sino la
sangre desconocida de los desconocidos cuyos huesos seguÃan cloqueando en la tumba, Rebeca,
la del corazón impaciente, la del vientre desaforado, era la única que tuvo la valentÃa sin frenos que Úrsula habÃa deseado para su estirpe.
103
Cien años de soledad
Gabriel GarcÃa Márquez
-Rebeca -decÃa, tanteando las paredes-, ¡qué injustos hemos sido contigo!
En la casa, sencillamente, creÃan que desvariaba, sobre todo desde que le dio por andar con el
brazo derecho levantado, como el arcángel Gabriel. Fernanda se dio cuenta, sin embargo, de que
habÃa un sol de clarividencia en las sombras de ese desvarÃo, pues Úrsula podÃa decir sin titubeos cuánto dinero se habÃa gastado en la casa durante el último año. Amaranta tuvo una idea
semejante cierto dÃa en que su madre meneaba en la cocina una olla de sopa, y dijo de pronto,
sin saber que la estaban oyendo, que el molino de maÃz que le compraron a los primeros gitanos,
y que habÃa desaparecido desde antes de que José Arcadio le diera sesenta y cinco veces la
vuelta al mundo, estaba todavÃa en casa de Pilar Ternera. También casi centenaria, pero entera y ágil a pesar de la inconcebible gordura que espantaba a los niños como en otro tiempo su risa
espantaba a, las palomas, Pilar Ternera no se sorprendió del acierto de Úrsula, porque su propia experiencia empezaba a indicarle que una vejez alerta puede ser más atinada que las
averiguaciones de barajas.
Sin embargo, cuando Úrsula se dio cuenta de que no le habÃa alcanzado el tiempo para
consolidar la vocación de José Arcadio, se dejó aturdir por la consternación. Empezó a cometer
errores, tratando de ver con los ojos las cosas que la intuición le permitÃa ver con mayor claridad.
Una mañana le echó al niño en la cabeza el contenido de un tintero creyendo que era agua
florida. Ocasionó tantos tropiezos con la terquedad de intervenir en todo, que se sintió
trastornada por ráfagas de mal humor, y trataba de quitarse las tinieblas que por fin la estaban enredando como un camisón de telaraña. Fue entonces cuando se le ocurrió que su torpeza no
era la primera victoria de la decrepitud y la oscuridad, sino una falla del tiempo. Pensaba que
antes, cuando Dios no hacÃa con los meses y los años las mismas trampas que hacÃan los turcos
al medir una yarda de percal, las cosas eran diferentes. Ahora no sólo crecÃan los niños más de
prisa, sino que hasta los sentimientos evolucionaban de otro modo. No bien Remedios, la bella,
habÃa subido al cielo en cuerpo y alma, y ya la desconsiderada Fernanda andaba refunfuñando en
los rincones porque se habÃa llevado las sábanas. No bien se habÃan enfriado los cuerpos de los
Aurelianos en sus tumbas, y ya Aureliano Segundo tenÃa otra vez la casa prendida, llena de
borrachos que tocaban el acordeón y se ensopaban en champaña, como si no hubieran muerto
cristianos sino perros, y como si aquella casa de locos que tantos dolores de cabeza y tantos
animalitos de caramelo habÃa costado, estuviera predestinada a convertirse en un basurero de
perdición. Recordando estas cosas mientras alistaban el baúl de José Arcadio, Úrsula se
preguntaba si no era preferible acostarse de una vez en la sepultura y que le echaran la tierra
encima, y le preguntaba a Dios, sin miedo, si de verdad creÃa que la gente estaba hecha de fierro para soportar tantas penas y mortificaciones; y preguntando y preguntando iba atizando su
propia ofuscación, y sentÃa unos irreprimibles deseos de soltarse a despotricar como un forastero, y de permitirse por fin un instante rebeldÃa, el instante tantas veces anhelado y tantas veces
aplazado de meterse la resignación por el fundamento, y cagarse de una vez en todo, y sacarse
del corazón los infinitos montones de malas palabras que habÃa tenido que atragantarse en todo
un siglo de conformidad.
-¡Carajo! -gritó.
Amaranta, que empezaba a meter la ropa en el baúl, creyó que la habÃa picado un alacrán.
-¡Dónde está! -preguntó alarmada.
-¿Qué?
-¡El animal! -aclaró Amaranta.
Úrsula se puso un dedo en el corazón.
-Aquà -dijo.
Un jueves a las dos de la tarde, José Arcadio se fue al seminario. Úrsula habÃa de evocarlo
siempre como lo imaginó al despedirlo, lánguido y serio y sin derramar una lágrima, como ella le habÃa enseñado, ahogándose de calor dentro del vestido de pana verde con botones de cobre y